Virtudes
El hombre fue creado por Dios para
vivir eternamente en amistad con Él. Por lo tanto, el
hombre está destinado a la vida eterna y debe vivir de cara
a ella.
Para alcanzarla se necesita la gracia que Dios nos
otorga. En otras palabras, Dios es quien da la santidad. Pero como
Dios, siempre, va a respetar la libertad, alcanzar la santidad
implica una respuesta de parte del hombre.
La santidad
es la identificación con Cristo en el cumplimiento amoroso
de la voluntad de Dios, mediante el ejercicio de las
virtudes.
Las virtudes son hábitos buenos que
nos llevan a hacer el bien. Podemos tenerlas desde que nacimos o
podemos adquirirlas después. Son un medio muy eficaz para
colaborar con Dios, pues implican que hemos decidido, libre y
voluntariamente, hacer el bien, es decir, cumplir con el plan de
Dios.
La virtudes la disposición habitual y
firme de hacer el bien y se adquiere por repetición de
actos o por un don de Dios.
La virtud permite a la persona
no sólo hacer el bien, sino dar lo mejor de sí
misma. La persona debe de superarse siempre como hombre y como
cristiano.
El objetivo de una vida virtuosa es llegar a ser
semejantes a Cristo.
Las virtudes son hábitos
operativos, es decir, hay que actuarlos, y de tener buenas
intenciones.
Por ello es que el hombre debe encauzar las
pasiones para ser un hombre íntegro. Porque las virtudes de
adquieren por medio de actos virtuosos.
La perfección
de la que hablamos es un crecimiento armónico de toda la
personalidad, por eso al crecer en una virtud crecen las demás
porque el ejercicio de una virtud implica la práctica de
otras. La laboriosidad exige ser ordenado, responsable, etc. La
paciencia implica la tolerancia, la aceptación, la
flexibilidad, etc.
Tipos de virtudes"
Virtudes
humanas: son rectos comportamientos según la ley
natural. Perfecciones habituales del entendimiento y de la
voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y
guían nuestra conducta según la razón y la
fe. Se adquieren mediante el esfuerzo humano. Ej. Lealtad, orden,
diligencia, solidaridad, respeto, gratitud, etc.
Pero para
alcanzar la salvación no bastan las virtudes humanas
naturales, alcanzar la vida eterna no es posible sin la ayuda de
Dios y la acción del Espíritu Santo.
Virtudes
cardinales: son las virtudes humanas más importantes.
Se llaman “cardinales” porque son los ejes en torno a
los cuales giran las demás. Cardine en latín,
significa el eje de la puerta. Son: la prudencia, la fortaleza, la
justicia y la templanza.
Virtudes cristianas: Son
rectos comportamientos según el ejemplo de Cristo en el
Evangelio. Podríamos mencionar la mansedumbre.
Virtudes
teologales: son las que se reciben de Dios por su acción
sobrenatural en el alma. Fe, esperanza y caridad.
Virtudes
evangélicas: son especiales acentos del Evangelio entre
muchas virtudes que practicó nuestro Señor
Jesucristo. Por ejemplo la humildad, la castidad, la
pobreza.
Todo lo que sea contrario a la virtud son malos
hábitos, que llamamos vicios.
Virtudes
cardinales
Prudencia: es la capacidad de
conocer, en cada circunstancia, lo que se debe hacer o evitar para
conseguir un fin bueno, y elegir medios apropiados para
realizarlo. Para guiar el juicio de la conciencia, aplica los
principios morales al caso particular.
El hombre prudente
decide y ordena según este juicio. Esta es la virtud por
excelencia.
Para ejercer la prudencia hay 8 partes
integrales que son muy importantes. Cinco pertenecen a lo
intelectual y tres a la práctica:
Memoria:
recordar los éxitos y fracasos del pasado ayuda a orientar
sobre lo que hay que hacer. La experiencia es madre de la
ciencia.
Inteligencia: conocer el presente nos ayuda a
discernir sobre lo bueno o malo, conveniente e
inconveniente.
Docilidad: saber pedir y aceptar consejo
de personas que saben más.
Sagacidad: disposición
para resolver los casos urgentes cuando no hay tiempo de pedir
consejo.
Razón: cuando después de una
meditación madura se resuelven casos por sí
mismos.
Providencia: parte principal de la prudencia,
igual a providencia, es fijarse en el fin que se pretende. Para
actuar con prudencia hay que ordenar los medios al
fin.
Circunspección: es tomar en consideración
las circunstancias para juzgar según ellas, si es
conveniente o no hacer o decir algo. Hay ocasiones en que lo que
se pretende es bueno y conveniente, pero debido a las
circunstancias, puede resultar negativo. Ej. Corregir a alguien
cuando hay personas ajenas presentes.
Cautela o Precaución:
ante los impedimentos externos que pueden ser obstáculos
para conseguir lo que se pretende. Ej. Evitar la influencia de las
malas compañías.
Habrá momentos en que
se podría prescindir de alguna de estas cosas, pero si lo
que se pretende es importante se deben tomar en cuenta todas
ellas. ¡Cuántas imprudencias se cometen por no
tomarse el trabajo de hacerlo!.
La prudencia se ejerce no
solamente en lo personal, sino que también tiene una parte
social que se dirige al bien común y abarca el gobierno, la
política, la familia y lo militar.
Pecados contra
la prudencia:
No buscar a Dios como valor
supremo.
La imprudencia que se divide en tres:
La
precipitación que es actuar inconsiderada y
precipitadamente, guiados por la pasión o capricho.
La
inconsideración por la cual se desprecia o se descuida
el atender las cosas necesarias.
La inconstancia que es
abandonar los propósitos por motivos sin importancia.
La
imprudencia nos puede llevar a aceptar una circunstancia que nos
aleja de Dios. O a buscar a Dios en un medio que no conduce a
Él.
La negligencia que supone la falta de
interés por actuar eficazmente en lo que debe hacerse. Es
diferente de la inconstancia porque en ella no hay ni siquiera el
interés por actuar. Cuando se refiere a algo pertinente a
la salvación, el pecado de negligencia es grave.
El
don del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el
don de consejo.
La justicia consiste en la
constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo
que le es debido.
Es la virtud que equilibra nuestro trato
con las demás personas. Es una virtud muy compleja, una
madeja con muchos hilos.
Para que se diga que alguien es
justo hay que apartarse de cualquier mal que dañe al
prójimo o a la sociedad y hacer el bien debido al otro. No
basta con no hacer un mal, sino que hay que darle lo que se
merece.
La fortaleza: es la virtud que asegura la
firmeza y la constancia en la búsqueda del bien, superando
los obstáculos que se presentan en el cumplimiento de las
propias responsabilidades.
Cualquier hombre de bien puede
tener esta virtud, pero en el caso del cristiano esta virtud tiene
que estar cimentada en el amor a Dios.
Pecados contra la
fortaleza:
La pereza, que es madre de todos los
vicios.
La comodidad excesiva, la ley de menor
esfuerzo.
La impaciencia, la inconstancia, la terquedad, la
insensibilidad o dureza de juicio, la ambición, la
vanagloria, la presunción, la pusilanimidad.
El don
del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el don
de la fortaleza.
La templanza es la virtud que
modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio
en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad
sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de
la honestidad.
Los medios que ayudan a vivir la virtud de
la templanza son:
Vigilar: porque los instintos no
mueren.
Orar: porque el pecado original nos ha
desequilibrado y la concupiscencia actúa.
Sacrificio,
porque los instintos hay que disciplinarnos con esfuerzo y
continuidad. Hay que caminar por la “senda derecha”.
El
don del Espíritu Santo que corresponde a esta virtud es el
don del temor.
¿Cómo adquirir las
virtudes?
Las virtudes no se adquieren de un día
para otro, sino mediante el esfuerzo diario, la repetición
de actos buenos que nacen del corazón, pero no sólo
eso: forzosamente necesitamos de la ayuda de Dios, pues es muy
fácil que, debido al ambiente o la distracción, las
utilicemos sólo para nuestra propia conveniencia y nos
quedemos sólo en los valores humanos.
Es cuestión
de proponérnoslo y trabajar en ello. No nos dejemos vencer
por la cobardía, por los fracasos, por el respeto humano.
Necesitamos ser tenaces y perseverantes, esforzándonos
continuamente por superarnos. Confiando y aprovechando las gracias
que Dios nos puede dar.
Si hacemos esto todos los días,
nos daremos cuenta, de pronto, de que ya hemos alcanzado las
virtudes que tanto deseábamos y muchas otras que ni
siquiera habíamos imaginado.
Algunas personas te
podrán decir que las virtudes son propias de los santos
pero no de las personas como nosotros. Que Dios ayuda a los santos
y se convierten en personas virtuosas. Recuerda que las virtudes
morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Requieren de
nuestro esfuerzo y constancia. El hombre virtuoso es el que
practica libremente el bien.







































